Bolivia nació a la vida independiente en 1825 y pese al tiempo transcurrido, su rica diversidad cultural no logró constituirse en esa amalgama que disipe esas líneas divisorias trazadas desde lo económico, pero sobre todo por el origen de cuna. Esos fantasmas siguen afincados en una sociedad que no logra encontrarse.

Son alentadas y motivadas por el odio de ambas partes, es decir, entre aquellos grupos que no ven al otro como igual sino como enemigo, al que se debe destruir o por lo menos marginar. Y cómo se diferencian esos grupos, como se hacía desde el principio de nuestra historia, salvando las diferentes, por el color de piel.

Pareciera simplismo reducirlo al color de piel, pero así nomás es. Eso se ve a diario reflejado en las redes sociales (en ese mundo en el que nos movemos como reflejo de nuestro actuar en la realidad) que están inundadas de la más variada labia en adjetivaciones hacia el otro por ser diferente (color). Para más detalles, van acompañadas de fotografías y videos.

Ese actuar es transversal a todo nuestro que hacer, incluida la política. En medio de una pandemia y una crisis sanitaria, los políticos nos jalan a sus reductos alentando o avivando esas diferencias que adquirimos en nuestra sociedad que no logra encontrarse porque para los políticos es mejor mantenernos así por sus intereses de poder.

Por eso se habla de voto duro, aquel que lo tiene pase lo que pase porque el votante está plenamente identificado con determinado líder político sea por principios, línea política o simplemente su origen. A eso responde cuando se dice que el voto está motivado por las emociones, no por un plan de gobierno (puede ser relativo).

¿Y cómo logramos mantener vivo un escenario así?, activando aquello que nos hace diferentes, que nos distancia del otro y nos hace verlo-vernos como enemigos. Enemigos porque nada compartimos, porque no tenemos intereses comunes.

Los ejemplos lo muestran a diario los medios de comunicación, entre ellos a los grupos de choque violentos actuando en Santa Cruz y Cochabamba, con su contraparte en sectores sociales que hasta vociferan ¡guerra civil! Así estamos divididos, para ser más claros, entre los que están con el MAS y los democráticos, en medio de una ausencia de Estado.

En un momento como este es central un periodismo y un periodista responsable, aquel que no aliente los extremos y los odios, por el contrario, contribuya a construir una sociedad en la que todos nos podamos ver como iguales y con igualdad de derechos y responsabilidades para uno, la familia y el país.

No se trata de vetar la opinión del periodista, sino de que mida cada palabra que diga o escriba (sobre todo en redes sociales) porque es un generador de opinión pública. Para mayor reflexión me tomo la libertad de citar al maestro Javier Darío Restrepo: 

“Se ha descubierto que el odio es el gran promotor de las votaciones. Fíjense el absurdo que acabo de decir, pero es el absurdo que estamos consintiendo y con el que estamos viviendo. Y ese es el poder que tiene el periodista: dar una información que estimule el odio, o también una que estimule la convivencia, la tolerancia en la gente. Estamos ante ese dilema y parecemos no darnos cuenta”.