En la América Latina de hoy, los “nadies” de Eduardo Galeano siguen siendo los mismos: los que no tienen nombre sino número, los que cargan sobre sus espaldas el peso del ajuste mientras otros celebran la eficiencia del mercado. A la luz de la crítica de Bolívar Echeverría sobre la “blanquitud”, esa aspiración a gobernar imitando al poder hegemónico y negando la raíz popular, el actual presidente de Bolivia, encarna una contradicción inquietante: un discurso que se proclama del pueblo mientras reproduce prácticas alejadas de él, una narrativa de justicia social que convive con decisiones cuestionadas por su falta de coherencia y transparencia. Así, entre promesas de estabilidad y gestos simbólicos, el poder parece vestirse de pueblo mientras administra el país con una lógica que poco dialoga con las necesidades reales de esos nadies que siguen esperando algo más que palabras.
En América Latina vuelve a soplar un viento viejo, con traje nuevo y discurso de eficiencia. Un viento que promete libertad mientras reduce derechos, que habla de futuro mientras borra memoria. Como escribió Eduardo Galeano en El libro de los abrazos, los nadies siguen esperando que la buena suerte llueva. Pero no llueve. Y cuando parece llover, siempre cae del lado de los mismos.
Hoy ese retorno liberal tiene nombres propios. Se habla de modernización mientras se blanquean trayectorias, capitales y responsabilidades. Figuras como Rodrigo Paz Pereira o Gabriel Espinoza —entre otros representantes de gobiernos que se proclaman técnicos y neutrales— encarnan esa idea de gestión sin historia, como si administrar un país fuera lo mismo que administrar una empresa. Como si el Estado no fuera memoria colectiva, sino simple contabilidad.
Ese “blanqueamiento” no es solo financiero: es simbólico. Es el intento de gobernar desde una identidad desarraigada, aspiracional, que mira más a los mercados internacionales que a las calles del propio país. Aquí resuena la crítica de Bolívar Echeverría en Imágenes de la blanquitud: esa voluntad de parecerse al modelo dominante, de borrar la conflictividad social bajo el barniz de la eficiencia, de negar la historia popular en nombre de la modernidad.
Mientras tanto, en el extremo más explícito del proyecto liberal, aparece Javier Milei, que no esconde su desprecio por lo público ni por la clase trabajadora. Su reforma laboral, presentada como liberación del mercado, retrocede décadas de conquistas obreras. En nombre de la libertad individual, se debilita la protección colectiva. En nombre del mérito, se ignora la desigualdad estructural.
Se vende todo: empresas estratégicas, recursos naturales, servicios básicos. Se dice que así llegarán inversiones y créditos. Pero los créditos no son para el pueblo; son para que los privados sigan amasando fortuna con respaldo estatal. El riesgo se socializa, la ganancia se privatiza. Vieja fórmula.
Y cuando llegan las fiestas y las tradiciones, el gobernante se quita el traje de lobo y se viste de dócil perrito. Aplaude el folklore, sonríe ante las danzas, viaja con comitiva y familia con recursos públicos, se deja fotografiar como hombre cercano. Pero luego, en silencio administrativo, aprieta el ajuste. Recorta, despide, encarece, desmantela. El mismo pueblo que celebra es el que paga.
Los liberales sin historia ni conciencia de dónde vienen terminan despreciando el suelo que pisan. Confunden identidad con atraso y comunidad con ineficiencia. Protegen a corruptos si son funcionales al modelo y callan ante vínculos oscuros si no afectan el negocio. Todo en nombre de la estabilidad.
Y así, los nadies de Galeano siguen siendo número, estadística, variable de ajuste. Siguen costando menos que la bala que los mata o que la deuda que los asfixia.
Pero América Latina no es solo territorio de saqueo y olvido. También es territorio de memoria. De pueblos que recuerdan que lo público no es un obstáculo, sino una conquista. Que la dignidad no se privatiza. Que la historia no se blanquea.
Porque cuando los nadies dejan de esperar que la suerte llueva y deciden escribir su propia historia, el discurso del mercado absoluto empieza a temblar. Y entonces, el liberalismo sin raíces descubre que gobernar no es solo vender, sino responder ante un pueblo que ya no quiere ser nadie.
Martin Moreira
Forma Parte de la Red de Economía Política Boliviana








