La sinvergüenzura de los candidatos y la hipocresía de sus seguidores

'El secreto del arte esta en la vocación personal' columna escrita por Oscar F. Iturry Gamarra

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Bolivia no solo está dividida: está exhausta. Exhausta de discursos reciclados, de promesas infladas y de candidatos que juran ser “lo nuevo” mientras esconden, con torpeza, un pasado político que los delata. Nunca antes —al menos así se percibe en la memoria reciente— habíamos tenido tantos postulantes, y sin embargo, tan pocas ideas realmente distintas. La cantidad no es pluralismo; es ruido. Y el ruido sirve, casi siempre, para ocultar lo mismo de siempre.

Basta repasar sus presentaciones públicas. El patrón se repite con una precisión ofensiva: la mayoría ya estuvo en el Estado, en ministerios, alcaldías, gobernaciones, empresas públicas o cargos de confianza. Los que no, están rodeados de equipos formados por quienes sí estuvieron. Cambian los colores, cambian los slogans, cambian los gestos; no cambian las prácticas. Se camuflan de “ciudadanos”, se autoproclaman “gente buena”, y ensayan una amnesia selectiva que pretende borrar años de complicidad, silencio o beneficio del poder.

La sinvergüenzura no está solo en postular; está en hacerlo negando lo evidente. Está en señalar a “la vieja política” mientras se vive de ella. Está en prometer ética después de haber administrado presupuestos, firmado contratos, tolerado abusos o mirado a otro lado. Y está, sobre todo, en exigir confianza sin haber rendido cuentas.

Pero sería cómodo cargar toda la culpa sobre los candidatos. La hipocresía también habita en el electorado. En quienes se indignan en redes y votan por costumbre. En quienes critican el clientelismo y luego lo justifican cuando les toca. En quienes repiten “todos son iguales” pero eligen a los mismos. En quienes piden mesías y desprecian la institucionalidad. La democracia no se degrada sola: la degradamos cuando aceptamos la mentira útil, cuando preferimos el atajo al esfuerzo, cuando confundimos lealtad con obediencia.

Se dice —y no sin razón— que los buenos no postulan. Tal vez porque hacer política hoy implica ensuciarse en un lodazal que expulsa a quien no negocia principios. Tal vez porque el sistema recompensa al audaz sin escrúpulos y castiga al honesto sin padrinos. Si es así, la tragedia es doble: malos candidatos y un entorno que los produce.

En este escenario, solo queda pedir lucidez. Pedir —sí— a Dios que nos ayude a elegir bien, pero también exigirnos responsabilidad. Elegir bien no es votar con rabia ni con miedo; es votar con memoria. No es creer en el maquillaje, sino revisar el expediente. No es aplaudir el discurso, sino medir la coherencia.

Porque, tal como estamos, no basta cambiar de nombre en la papeleta. Si seguimos premiando la sinvergüenzura y normalizando la hipocresía, el resultado será el mismo, con otro rostro. Y entonces no podremos decir que no lo sabíamos.

Oscar F. Iturry Gamarra
Profesor, periodista, marketero y músico

El Alto, 26 de febrero de 2026

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