Cómo duele escribir hoy

Creo que estamos capacitándonos para festejar la muerte, pues caminamos por las calles de las redes sociales con el cuchillo del insulto entre los dientes.

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Cómo duele escribir hoy, duelen los dedos, los ojos y eso que le dicen alma. Creo que he vivido engañado porque siempre he pensado que las palabras tenían el poder de sanar y hoy dudo de aquello. Solo se respira dolor estos días.

Nos acercamos peligrosamente al salvajismo. Y sí, desear la muerte del que va a la clínica es tan ruin como dejar bajo la lluvia a quienes van a hacerse una prueba de coronavirus. En este nuevo escenario aprovechamos para seguir con nuestra egoísta batalla diaria: odiando el color de piel diferente y la forma en que el otro piensa.

La manera más tonta de vivir y morir en esta historia escrita por la pandemia es aferrándonos a una bandera, a la bandera del fanatismo por una causa política.

Leo cómo una hija clama ayuda para su padre y cómo su dolor es ensuciado por quienes la acusan de usar la enfermedad del familiar para atacar a un Gobierno. ¿Hay bajeza mayor? Si no hay, ya la inventaremos.

Creo que estamos capacitándonos para festejar la muerte, pues caminamos por las calles de las redes sociales con el cuchillo del insulto entre los dientes. Así, le cortamos el cuello al otro sin compasión. El bien común ya no es moneda común.

Toca recordarle al Gobierno lo que dijo el vicepresidente cuando asumió el cargo: “El bienestar de todos es bienestar de uno mismo”. Y, lo que dijo David Choquehuanca es cierto, más allá de nuestras individualidades no somos islas… lo que le pasa al otro sí me afecta como persona, como ser humano.

Escribo esto último y pienso en poetas, músicos y docentes que han fallecido. Escribo pensando en aquellos que se han ido y los que siguen llorándolos. Escribo también pensando en los que aguantan y resisten porque están abandonados. Y también me ilusiono de que existan personas que se suman a campañas y hacen lo posible por ayudar a quien, en muchos casos, ni conocen… ésos son imprescindibles.

Enterramos a nuestros amigos, docentes y familiares, cuando en realidad debemos enterrar nuestras diferencias. Es tiempo de bajar la guardia, porque al final de cuentas las palabras quizás no sanan, pero sí hieren.