Entre el cinismo y la resignación

Los mismos de siempre, las mismas promesas vacías, la misma mirada corta. Votar no será un acto de ilusión, sino de supervivencia: evitar el abismo y ganar tiempo para exigir algo mejor.

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El 17 de agosto iremos a votar. No para elegir al mejor, sino para escoger al menos peor. Y lo peor es que todos lo sabemos. No hay sorpresa, no hay ilusión. Hay resignación disfrazada de civismo.

Otra vez, los mismos nombres, las mismas caras, los mismos discursos reciclados que prometen todo y cumplen poco o nada. Políticos que viven de las palabras, no de los hechos. Que miran a su costado para proteger a los suyos, pero rara vez al horizonte para pensar en el país. Que se presentan como salvadores mientras cargan décadas de omisiones y errores.

No habrá milagros. El que gane no traerá un nuevo amanecer. Lo que habrá, si tenemos suerte, será un pequeño respiro, un daño controlado, una administración menos caótica que la otra. Votaremos no por quien nos inspire, sino por quien nos asuste menos. Y eso, en cualquier democracia, es una tragedia silenciosa.

Pero incluso en este páramo, el voto es un arma. Elegir al menos peor no es rendirse, es evitar el abismo. Es ganar tiempo para que la sociedad despierte, para que exijamos mejores opciones, para que algún día podamos ir a las urnas con la esperanza intacta.

Por ahora, toca votar con realismo, con rabia si es necesario, y con la certeza de que la política no cambiará sola. Cambiará cuando los ciudadanos dejen de aceptar que lo único posible es lo menos malo.

(13-08-2025)