La experiencia demuestra algo claro: las encuestas miden lo que la gente dice, pero las urnas revelan lo que la gente siente.
En la primera vuelta, el 30% del electorado estaba indeciso, pensaba votar en blanco o nulo. Ese grupo decidió, en los últimos días —incluso horas—, apoyar a un outsider provinciano: Edmand Lara.
A las encuestadoras no les dio el tiempo para registrar ese giro, aunque ya desde el año pasado los datos mostraban una señal: cinco de cada diez votantes buscaban una cara nueva en la política. Y en la papeleta solo había una: la del excapitán.
En la segunda vuelta, ocurrió algo distinto: muchos electores ocultaron su voto por miedo a ser juzgados como “laris” (término despectivo usado por el partido rival para referirse a los votantes de Lara).
El clima social estigmatizó a quienes apoyaban la alianza Paz–Lara. Por eso, algunos dijeron a los encuestadores que votarían por el candidato A, pero en la intimidad marcaron B. Fue una mezcla de justicia y revancha, ejercida en el espacio más libre que existe: el voto secreto.
Aunque las encuestas se esforzaron por tener muestras amplias, deduzco que hubo sobrerrepresentación urbana.
Algunos medios suelen usar encuestas para influir más que para medir con el fin de generar el llamado efecto arrastre. (No hay evidencia de que eso haya ocurrido esta vez en el país, pero es un riesgo real).
En tiempos electorales, el comportamiento humano no se rige por la razón, sino por el sistema límbico, donde mandan las emociones. Y eso, las encuestas todavía no saben medirlo.
Andrés Gómez Vela
Es periodista y abogado.








