Hay fechas que invitan a celebrar y otras que también obligan a reflexionar. El 6 de agosto es una de ellas. Bolivia cumple 201 años de independencia y, más allá de los desfiles, los discursos y el rojo, amarillo y verde que visten nuestras calles, creo que es momento de mirarnos al espejo como país.
No escribo estas líneas desde el pesimismo, sino desde el profundo amor que siento por esta tierra. Porque quien ama también cuestiona, también exige y también sueña.
Me preocupa que la palabra haya perdido tanto valor. Un gobierno debería gobernar con planificación, transparencia y responsabilidad. Sin embargo, durante demasiado tiempo hemos visto promesas que no llegan a cumplirse, decisiones improvisadas y respuestas tardías a problemas que afectan a millones de bolivianos. La confianza no se decreta; se construye. Y cuando la confianza se rompe, el daño alcanza a toda la sociedad.
También veo con tristeza cómo muchos movimientos sociales, que alguna vez fueron el verdadero rostro de la reivindicación y la defensa de los más necesitados, parecen haber cambiado de rumbo. En muchos casos, la lucha dejó de ser por las personas para convertirse en una disputa por espacios de poder. Cuando las causas se reemplazan por intereses, pierde el país entero.
Pero sería injusto señalar únicamente a la política. El sector empresarial también tiene una enorme responsabilidad. Bolivia necesita empresas exitosas, sí, pero también empresas que crean en su gente. Hay miles de emprendedores que luchan cada día contra la burocracia, la incertidumbre y la falta de oportunidades. Muchos solo necesitan una mano que los impulse, una oportunidad para demostrar que el talento boliviano puede competir con cualquiera. Apostar por ellos no es un acto de caridad; es invertir en el futuro del país.
Como periodista, tampoco puedo dejar de mirar hacia nuestra propia casa. Los medios de comunicación vivimos una de las transformaciones más profundas de nuestra historia. La tecnología cambió la manera de informar y de consumir noticias. Mientras algunos seguimos buscando cómo sostener un periodismo independiente, muchas veces terminamos compitiendo entre nosotros por una pauta publicitaria que apenas alcanza para sobrevivir. En lugar de fortalecer al periodismo, la división nos debilita. Y mientras discutimos entre colegas, las plataformas digitales avanzan a una velocidad que ya cambió las reglas del juego.
Sin embargo, el mayor protagonista de esta historia sigue siendo el pueblo boliviano. Un pueblo que hace filas para conseguir combustible, que enfrenta el aumento del costo de vida, que emprende sin garantías, que trabaja sin perder la esperanza y que, pese a tantas decepciones, sigue levantándose cada mañana para luchar por su familia. Es un pueblo herido, desconfiado y cansado, pero también extraordinariamente resiliente. Esa fortaleza silenciosa merece mucho más de lo que ha recibido.
A veces esperamos que el cambio llegue desde arriba, desde un ministerio, una empresa o una elección. Pero quizás el nuevo rumbo comience cuando cada uno de nosotros recupere el valor de la palabra, el respeto por el otro y el compromiso con el bien común. Bolivia no necesita más confrontación; necesita acuerdos. No necesita más discursos; necesita acciones. No necesita más divisiones; necesita ciudadanos dispuestos a construir.
En este Bicentenario más uno, mi oración no es por un partido político ni por un gobierno. Mi oración es por Bolivia. Que Dios nos conceda sabiduría para tomar decisiones correctas, humildad para reconocer nuestros errores y valentía para cambiar aquello que durante años hemos aceptado como normal.
Todavía estamos a tiempo.
Feliz aniversario, Bolivia. Que estos 201 años no sean solo un motivo de celebración, sino el inicio de una nueva etapa en la que volvamos a creer en nosotros mismos. Porque, a pesar de todo, sigo convencido de que este país tiene futuro. Y ese futuro comienza cuando cada boliviano decide hacer lo correcto.







