Un debate que dejó más preguntas que certezas

El debate vicepresidencial dejó más dudas que certezas. Entre nervios, frases ensayadas y escasas propuestas, la noche evidenció la falta de preparación y la debilidad del discurso político en ambos contendientes.

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El debate vicepresidencial dejó la sensación de que, una vez más, los protagonistas se quedaron cortos. Faltaron propuestas, sobró nerviosismo. No es un sentimiento aislado: muchos bolivianos esperaban una discusión más seria, con ideas concretas y menos improvisación.

En el escenario se enfrentaron dos estilos claramente distintos, pero con un mismo resultado: un intercambio más emocional que propositivo. Uno intentó mostrarse cercano, el otro, técnico; sin embargo, ambos cayeron en la trampa de la retórica vacía. Hubo frases ensayadas, repeticiones y un evidente esfuerzo por evitar el error, incluso a costa de la autenticidad.

El desempeño de los moderadores tampoco ayudó. Faltó conducción y equilibrio, y sobraron silencios incómodos, descoordinación y cortes imprecisos. En un evento de esta magnitud, la moderación es clave para mantener el orden, el respeto y la claridad. No se trata solo de leer un guion, sino de guiar el diálogo y garantizar que el público comprenda las propuestas —si las hay—.

Lo preocupante es que este debate, lejos de fortalecer la democracia, evidenció una vez más el deterioro del discurso político. En lugar de confrontar ideas, se repitieron consignas; en vez de exponer planes de trabajo, se apeló al gesto, al tono y a la imagen. Todo comunica en política: la palabra, el silencio, el modo de vestir, el manejo de las emociones. Y esta noche, el mensaje que predominó fue la falta de preparación.

No es solo un problema de los candidatos. También lo es del formato, de los equipos de campaña y de una cultura política que privilegia el espectáculo sobre el contenido. Pedimos debates que informen, que formen criterio, no que nos hagan añorar la pausa comercial.

La democracia necesita más estrategia, más sustancia y menos ruido.

Porque, al final, la sensación que queda es la de estar votando —otra vez— por el menos peor.