La tecnología cambió para siempre la forma de hacer periodismo. Un teléfono celular puede convertirse hoy en una cámara, una grabadora, una sala de edición y, con una conexión a internet, en una plataforma capaz de llegar a miles de personas. Eso, sin duda, democratizó la comunicación. Pero también generó una nueva realidad que merece ser discutida: cualquiera puede sentirse o creerse un medio de comunicación.
Los periodistas y los medios tradicionales ya no tienen el monopolio de la información. Y quizá eso no sea necesariamente malo. El problema aparece cuando confundimos tener una audiencia con hacer periodismo.
En los últimos años, los influencers y creadores de contenido ganaron un espacio enorme. Muchos realizan un trabajo legítimo y han encontrado nuevas formas de comunicar. Sin embargo, también es evidente que el contenido vulgar, superficial o simplemente llamativo suele conseguir mayor alcance que una investigación, una entrevista seria o una noticia trabajada durante horas. La lógica de las redes premia muchas veces lo inmediato antes que lo importante.
Lo preocupante es que las empresas también parecen haber entendido esa lógica y, en muchos casos, decidieron alimentarla. Grandes compañías, pequeñas empresas y emprendimientos destinan recursos a quienes garantizan números rápidos, fotografías, videos y exposición inmediata, aunque no necesariamente exista detrás un trabajo periodístico.
Mientras tanto, los medios que intentamos construir una alternativa profesional, responsable e inteligente tenemos que avanzar prácticamente gota a gota, conquistando lectores y seguidores con información verificada, buscando fuentes, contrastando versiones y asumiendo la responsabilidad de cada palabra que publicamos.
Y aquí aparece una de las mayores contradicciones.
Hay empresas que convocan a los medios para sus actividades bajo la denominada “cobertura periodística”. Nos invitan, nos hacen esperar, registramos declaraciones, tomamos fotografías, producimos contenido y posteriormente ese material termina sirviendo para promocionar gratuitamente a la empresa. A cambio, en ocasiones, recibimos un refrigerio o un pequeño obsequio.
No tengo nada contra un refrigerio. Lo que cuestiono es que se pretenda convertirlo en la retribución de un trabajo profesional.
Un periodista también paga internet, transporte, equipos, cámaras, computadoras, programas de edición, personal y tiempo. Un medio digital también tiene costos. Detrás de una publicación que aparentemente aparece gratis en Facebook existe un trabajo que alguien debe financiar.
Pero también debemos hacer una autocrítica como gremio. Las empresas no son las únicas responsables. Nosotros mismos hemos permitido que la profesión pierda valor cuando aceptamos cualquier condición por conseguir una nota, una fotografía, una entrevista o simplemente algo de visibilidad.
La necesidad económica termina convirtiéndose en una trampa. Participamos porque necesitamos trabajar. Aceptamos porque necesitamos generar contenido. Cubrimos porque necesitamos mantener nuestras plataformas activas. Y, poco a poco, terminamos normalizando que el periodismo no debe ser pagado.
Esa falta de carácter profesional termina beneficiando a quienes quieren información gratis y perjudicando a quienes intentamos hacer comunicación de manera responsable.
El verdadero problema, entonces, no es que los influencers existan. Tampoco que cualquier ciudadano pueda informar desde su celular. Eso forma parte de la transformación tecnológica y debemos aprender a convivir con ella.
El problema es que la información se ha convertido en una mercancía cuyo valor parece depender únicamente del número de reproducciones.
Un contenido puede tener un millón de vistas y no aportar absolutamente nada. Otro puede ser leído por mil personas y, sin embargo, haber contribuido a revelar una irregularidad, explicar una decisión pública o ayudar a alguien a entender lo que sucede en su país.
El periodismo no puede competir únicamente con la lógica del algoritmo. Tiene que defender su razón de ser: informar, investigar, contrastar y servir a la sociedad.
Por eso también necesitamos empresas que entiendan que apoyar a un medio de comunicación no significa simplemente comprar publicidad. Significa contribuir a que exista una prensa independiente, plural y profesional.
Si una empresa invierte miles de bolivianos en publicidad, debería preguntarse qué tipo de comunicación quiere fortalecer. Si quiere solamente números, existen muchas alternativas. Si quiere construir reputación y relacionarse con una sociedad informada, entonces debe mirar también hacia los medios que hacen periodismo.
No podemos pedir una prensa fuerte si no estamos dispuestos a sostenerla.
Y tampoco podemos exigir respeto para el periodista si nosotros mismos aceptamos que nuestro trabajo no tiene valor económico.
Quizá la tecnología haya terminado con el monopolio de la información. Bienvenido sea. Pero no permitamos que, en su lugar, aparezca el monopolio de la audiencia, donde quien grita más fuerte, muestra más y provoca más termina imponiendo qué debemos mirar, qué debemos creer y qué debe importar.
Todavía hay periodistas que creen en este oficio. Todavía existen medios que quieren ser una opción inteligente. Todavía hay lectores que prefieren información antes que espectáculo.
A ellos debemos apostar.
Porque hacer periodismo responsable cuesta. Y si no estamos dispuestos a pagar por información de calidad, algún día descubriremos demasiado tarde que lo barato no siempre sale barato cuando lo que está en juego es el derecho de una sociedad a estar bien informada.
Ojalá las cosas cambien. Pero para que cambien, primero tendremos que dejar de regalar nuestro trabajo y empezar a darle nuevamente valor a nuestra profesión.







