Pueblo enfermo, país en crisis

'El secreto del arte esta en la vocación personal' columna escrita por Oscar F. Iturry Gamarra

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Bolivia vuelve a mirarse al espejo de su propia crisis. Bloqueos, enfrentamientos, intolerancia, odio político, violencia verbal y una profunda incapacidad de escucharnos entre bolivianos parecen haberse convertido en parte cotidiana de nuestra realidad. Y en medio de este escenario inevitablemente vuelve a la memoria aquella obra incómoda y polémica de Pueblo enfermo, escrita por Alcides Arguedas hace más de un siglo.

Muchos consideran exageradas o incluso injustas algunas de las afirmaciones de Arguedas. El tiempo también ha demostrado que varias de sus ideas estaban marcadas por prejuicios de su época. Sin embargo, hay una pregunta que hoy vuelve con fuerza: ¿realmente hemos sanado como sociedad?

Cuando observamos a un país paralizado por conflictos permanentes, donde la confrontación parece más importante que el diálogo; cuando vemos ciudadanos incapaces de tolerar una opinión distinta; cuando la violencia se normaliza y la desesperación colectiva termina justificando cualquier extremo, es inevitable pensar que Bolivia continúa atravesando una profunda enfermedad social.

Un pueblo enfermo no razona con claridad. Un pueblo enfermo actúa desde el miedo, desde el resentimiento o desde la manipulación. Y eso se refleja incluso en las decisiones políticas que toma una sociedad. Por eso resulta peligroso romantizar la idea de que “el pueblo siempre es sabio”. El pueblo puede ser sabio cuando tiene educación, información, estabilidad y valores sólidos. Pero un pueblo agotado, dividido y empobrecido emocionalmente muchas veces termina reaccionando antes que reflexionando.

Hoy Bolivia vive una crisis que no solamente es económica o política. Es una crisis moral, cultural y humana. Hemos perdido la capacidad de construir consensos. Las redes sociales amplifican el odio, la desinformación y la intolerancia. La política dejó de ser un espacio de propuestas para convertirse en una guerra permanente entre bandos que buscan destruirse mutuamente.

Y mientras tanto, las familias bolivianas viven atrapadas entre la incertidumbre, el miedo y la desesperanza.

La gran pregunta es: ¿cómo se sana un pueblo?

La respuesta no llegará únicamente desde un gobierno, ni desde un partido político, ni desde una elección. La verdadera sanación debe comenzar desde la educación profunda. No solamente una educación técnica o académica, sino una formación humana basada en valores, respeto, pensamiento crítico y responsabilidad social.

Bolivia necesita volver a educar para convivir. Necesita familias presentes, maestros valorados, jóvenes preparados y ciudadanos capaces de pensar más allá de la rabia inmediata. Necesitamos recuperar principios básicos como el respeto, la empatía, la honestidad y el amor por el país.

Porque ningún país se destruye solamente por sus políticos. También se deteriora cuando su sociedad deja de cuidarse a sí misma.

Quizás el error más grande ha sido creer que los problemas nacionales siempre son culpa de otros. Pero la salud de una nación también depende de la salud de su ciudadanía.

Y mientras no entendamos eso, seguiremos caminando en círculos, atrapados entre crisis repetidas, conflictos interminables y heridas que nunca terminan de sanar.

El Alto, 20 de mayo de 2026

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