Hay personas que no solo dirigen equipos: dirigen emociones, épocas, países enteros. Xabier Azkargorta fue una de esas pocas almas capaces de convertir la ilusión colectiva en una certeza compartida. Bolivia no solo clasificó al Mundial de 1994 con él; Bolivia se reconoció a sí misma en un espejo que durante décadas le había devuelto dudas, resignación y fatalismos.
El Bigotón, con su voz calma y su convicción casi pedagógica, nos dijo algo que parecía imposible: “Sí se puede”. Y lo dijo antes de que esa frase se convirtiera en un eslogan. Cuando él la decía, la decía en serio.
Azkargorta falleció en Santa Cruz a sus 72 años, y la noticia —cruel como suelen ser estas noticias— nos tomó en plena rutina, recordándonos que algunos gigantes se van sin pedir permiso. Y sin embargo, su partida desató algo que explica la verdadera magnitud del personaje: Bolivia, un país acostumbrado a sus propias fracturas, reaccionó unida. Jugadores, políticos, clubes, hinchas, internacionales, detractores del fútbol, amantes empedernidos… todos coincidieron en un mismo sentimiento: se fue alguien que elevó a un país entero.
Porque el legado del profesor no cabe en una sola cancha.
Está en el vestuario de 1993, donde Marco Etcheverry recuerda al “segundo padre” que lo marcó a fuego.
Está en el mensaje dolido de Marco Sandy, que lo define como “alguien muy especial”.
Está en el abrazo eterno que le manda Carlos Borja desde sus redes.
Está incluso en los gestos del presidente Rodrigo Paz Pereira y del vicepresidente Edmand Lara, que por un instante dejaron de ser autoridades para recordar al hombre que les enseñó —como a todos— que “se juega como se vive”.
Azkargorta caló tan hondo que políticos que nunca coinciden coincidieron en él. Eso no es fútbol: eso es trascendencia.
Lo lloró la Conmebol, lo lloró la Federación, lo lloró el Real Madrid, lo lloraron los grandes medios de América y Europa. Pero, sobre todo, lo lloró Bolivia. Una Bolivia que tal vez no siempre entiende sus propias glorias, pero que guarda en el corazón esa tarde eterna del 19 de septiembre de 1993, cuando la Selección derrotó a Brasil y el país entero decidió creer que nada era imposible.
Hace mucho que no clasificamos a un Mundial. Hace mucho que no sentimos ese vértigo colectivo de estar a un paso de la historia. Pero cada vez que nos preguntamos si alguna vez volveremos, es imposible no pensar en él. Porque Azkargorta no solo dirigió un equipo: dirigió un sentimiento nacional.
Hoy, el Bigotón ya no está. Pero su mensaje —su sala de prensa, sus charlas, su ceja arqueada cuando algo no le gustaba, su mano firme en la espalda de cada jugador— sigue vivo en el imaginario boliviano. Y seguirá. Las personas como él no mueren: se vuelven parte del relato de un país.
Azkargorta nos enseñó que creer no es ingenuidad, sino una forma de resistencia. Nos recordó que Bolivia, incluso en sus peores momentos, puede soñar con grandeza. Si hoy somos más exigentes, si queremos más, si nos sigue doliendo tanto no volver a un Mundial, es porque un vasco con bigote nos mostró que sí se puede.
Gracias, profesor. Gracias por el fútbol, por la lección, por la fe.
Bolivia nunca olvida a quienes le cambian la historia.
El Alto, 15 de noviembre de 2025






