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“No es justo que nos metan en una sola bolsa”: Una vivienda se transformó en refugio tras el siniestro aéreo

Rosmery Flores y su hijo Saúl refugiaron a heridos y rescatistas hasta la madrugada, desmitificando la imagen de pillaje generalizado en la zona de La Costanera.

En medio del humo, los gritos y la lluvia de billetes que marcó el accidente del Hércules FAB-081 el pasado viernes, surgió una historia de solidaridad que contrasta con las crónicas de saqueo. Rosmery Flores y su hijo Saúl, vecinos de la avenida Costanera en El Alto, transformaron su pequeña heladería en un centro de atención de emergencias durante más de doce horas.

Mientras afuera el caos derivaba en enfrentamientos por el dinero esparcido, dentro de esta vivienda se brindaban primeros auxilios a militares, policías y civiles ensangrentados, demostrando que la empatía vecinal superó a la ambición de otros personajes.

“Muchas personas dicen que los alteños nos hemos dedicado a saquear, pero no fue así”, afirmó Saúl con firmeza.

Desde el momento del impacto hasta las cuatro de la mañana del sábado, madre e hijo abrieron las puertas de su planta baja para recibir a decenas de personas con cortes en la cabeza, orejas desprendidas y heridas por pedradas recibidas durante los disturbios. En un esfuerzo coordinado, organizaron el espacio para que médicos y bomberos pudieran estabilizar a los pacientes, realizándoles pruebas de conciencia básicas mientras la zona exterior era un campo de batalla entre saqueadores y fuerzas del orden.

La labor de Rosmery y Saúl ha sido reconocida por los propios efectivos militares que fueron auxiliados en su tienda. Para los dueños de este negocio familiar, es injusto que se generalice la conducta de la población alteña bajo el rótulo de «delincuentes». «Los militares saben lo que hicimos esa noche», sentenció Saúl, subrayando que mientras unos buscaban fajos de billetes de la Serie B, otros se concentraban en salvar vidas y ofrecer un refugio seguro a quienes quedaron atrapados en la confusión del siniestro.

El accidente del Lockheed C-130 Hércules, que dejó un saldo de 22 muertos y 37 heridos, ha generado una fuerte estigmatización sobre los vecinos de los distritos colindantes al aeropuerto de El Alto.

Las imágenes de personas recogiendo dinero del fuselaje fracturado dieron la vuelta al mundo, provocando una reacción de rechazo social y la posterior detención de 49 sospechosos por la FELCC. Sin embargo, testimonios como el de la familia Flores y el de los conductores de trufis de la zona revelan una red de apoyo civil que fue vital antes de la llegada masiva de las ambulancias.

Hoy, la heladería de Rosmery y Saúl ha vuelto a la normalidad, pero las manchas de sangre en sus pisos y el agradecimiento de los sobrevivientes quedan como testimonio de una jornada heroica. Al cumplirse el tercer día de duelo nacional, la historia de estos vecinos se erige como un recordatorio de la resiliencia alteña, una que elige la solidaridad frente a la tragedia, incluso cuando la narrativa oficial y las redes sociales parecen enfocarse únicamente en las sombras del pillaje.