Ayer se celebró el Día del Periodista Boliviano. Hubo saludos, reconocimientos, mensajes institucionales y fotografías de ocasión. Como cada año, abundaron las felicitaciones. Pero más allá de los discursos, vale una pregunta incómoda: ¿qué estamos celebrando realmente?
Primero, corresponde reconocer a quienes todavía honran este oficio con dignidad. Sí, existen. Hay periodistas que siguen en la calle cuando ocurre la noticia, que investigan antes de publicar, que contrastan versiones, que informan con oportunidad, imparcialidad y transparencia. Son quienes entienden que el periodismo no es relaciones públicas, propaganda ni entretenimiento vacío. Son profesionales que aún creen que informar con verdad sigue siendo un servicio público, incluso cuando hacerlo implica presión, precariedad o riesgo. A ellos, respeto. A ellos, gratitud. Porque sostienen una profesión golpeada, pero todavía necesaria.
Pero también hay una autocrítica urgente. Una parte del periodismo perdió el rumbo. Algunos cambiaron la ética por conveniencia, la investigación por el favor político, la independencia por contratos, pauta o beneficios personales. Dejaron de ser fiscalizadores del poder para convertirse en operadores, voceros o figuras funcionales a intereses económicos y políticos. Esa pérdida de credibilidad no fue gratuita: abrió espacio para que otros ocuparan el terreno abandonado.
Así crecieron los “freelancers” improvisados y los tiktokeros informativos, muchos sin formación periodística, pero con algo que hoy pesa más que la trayectoria: alcance. Llegaron porque una parte del público dejó de confiar en medios tradicionales que se alejaron de la gente. Y aunque no todos hacen mal trabajo, también es cierto que muchos redujeron la cobertura a presencia, cámara y publicación rápida, cambiando profundidad por viralidad. Cubren eventos, replican discursos, persiguen visibilidad. Pero en ese ecosistema, la difusión genera números, los números atraen publicidad y la publicidad genera ingresos. Un circuito que hoy muchas salas de redacción tradicionales ya no controlan.
Aquí también cabe señalar a empresarios y gobiernos. Los empresarios suelen felicitar al periodismo en fechas especiales, hablan de libertad de expresión y democracia, pero rara vez apuestan de verdad por fortalecer medios independientes, responsables y sostenibles. Prefieren invertir donde hay mayor exposición inmediata, aunque el contenido sea superficial. Se financia alcance, no necesariamente calidad.
Y los gobiernos, sin importar color político, han perfeccionado otra práctica: condicionar la pauta publicitaria. Premian al medio complaciente y castigan al crítico. Se apoya más al que replica discurso que al que cuestiona. Así, la publicidad estatal deja de ser información pública y se convierte en herramienta de presión. No se fortalece al periodismo; se intenta domesticarlo.
El resultado es preocupante: prensa debilitada, emprendimientos periodísticos independientes asfixiados, audiencias saturadas de distracción y una sociedad que muchas veces consume más espectáculo que información de fondo. No toda la culpa es externa. También hay responsabilidad colectiva. Cuando la sociedad prioriza escándalo sobre contexto, inmediatez sobre verificación y entretenimiento sobre verdad, el periodismo serio pierde terreno.
Sin embargo, este oficio no está condenado. El periodismo puede recuperar su lugar, pero necesita volver a su esencia: credibilidad, independencia, calle, investigación y compromiso con la gente, no con el poder. También requiere empresarios que entiendan que apoyar prensa libre no es caridad, sino inversión democrática. Y ciudadanos que vuelvan a valorar la información rigurosa como herramienta de libertad.
El Día del Periodista no debería ser solo una fecha para recibir felicitaciones. Debería ser un momento para revisar en qué nos convertimos, quiénes resistieron y qué estamos dispuestos a reconstruir.
Porque cuando el periodismo se vende, pierde el periodista, pierde la verdad y pierde la sociedad. Pero cuando el periodismo se mantiene firme, incluso en crisis, todavía puede incomodar al poder, defender a la gente y recordar que informar bien sigue siendo uno de los actos más valientes de una democracia.








